domingo, 10 de febrero de 2013

El revolucionario Gilberto Villagómez y la muñeca
,el 14 de marzo de 1917



El 12 de marzo el general Cástulo y sus hermanos Gilberto y Enrique se reunieron con don Inés en el cerro del Yucuté, Ayuquila Oax. El 13 salieron para Ayuquililla con más de 40 hombres. Comieron ahí, y en la tarde regresaron a Ayuquila. Cenaron, y a las 8 de la noche se fueron a dormir al Cerro de la Peña porque les avisaron que en su persecución había salido de Acatlán el general Reyes Márquez con su gente, mas unos 100 carrancistas provenientes de Tehuacán.

Los Villagómez llagaron al Cerro de la Peña, y sintiéndose seguros desensillaron la caballada, acostándose adormir. A las 5 de la mañana los atacó el general Reyes Márquez. No hubo oportunidad de ensillar los caballos. Se parapetaron en los peñascos y árboles de la falda, trabándose el combate.

Mirando Reyes Márquez que no era fácil desalojarlos del cerro, lo mando sitiar para asegurar para asegurar el triunfo al menor costo posible. Los ataco toda la mañana para obligarlos a gastar parque. Arremetieron pelotones de infantería, uno tras otro, y cuantas veces lo hicieron, fueron rechazados, sufriendo los ataques grandes pérdidas.

Hacia las dos de la tarde reyes Márquez vio por sus gemelos que la gente de Villagómez estaba repeliendo el ataque con pistola, señal de que se les avía acabado el parque. Ordenó entonces carga general con lo mejor de su gente que estaba fresca, pues la que más había peleado hasta ese momento era la infantería de Tehuacán.

Los de Villagómez ya no tuvieron parque para detener el ataque. Vino la desbandada, y el desastre. El teniente coronel Enrique Villagómez peleó como león, revuelto entre los contrarios, con pistola y machete hasta casi caer muerto.

El coronel Gilberto viendo todo perdido, herido en una pierna y sin parque, montó en pelo a La Muñeca, hermosa yegua tordilla mora, de excelente clase. Tomó la única vereda que el cerro de La Peña tiene hacia la cima.

De unos 500 metros de altura, el cerro se levanta entre varias lomitas. Se compone en dos partes. Una, de base a cima, lados norte, sur y oriente, es una inmensa roca inaccesible y sin vegetación. La otra, lado poniente, es de tierra, con peñascos y vegetación breñal baja, espinosa e intransitable.

Una vereda angosta y accidentada por donde es posible caminar solo de uno fondo llega a la cima, donde hay tierra. De ahí parte de un peñón, especie de torre de unos 90 metros de altura y 60 de diámetro que nadie ha ascendido, es la cúspide de ese singular cerro. Gilberto llego pues al pie del peñón, volvió la vista hacia el campo de combate y lo vio invadido de contrarios. Se oían disparos aislados, pues su gente se había acabado. Distinguió a un grupo de jinetes subiendo por la vereda en su persecución.

Tenía la pistola y la carabina en la mano, pero sin cartuchos. La pierna herida le impedía rodar peñascos. Sabía pues que la muerte lo esperaba, ya que el odio entre ellos y el general Reyes Márquez era mutuo y mortal.

Sin recursos, solamente la fina sangre de La Muñeca podía salvarlo, o cuando menos evitarle la rabia y desesperación de ver llegar a sus enemigos injuriándolo, humillándolo, sin poder estar en pie para seguir peleando, aunque fuera con machete como su hermano Enrique.

No había vereda que seguir ni tiempo que perder. Tomo esa sublime resolución de las almas grandes. ¡Todo, menos la indignidad! Colocó su carabina a la bandolera, acercó a la Muñeca a la orilla del despeñadero para que reconociera el terreno, inmensa laja reverberando al sol del mediodía en declive de 75 grados y 200 metros de extensión. Solo verla infunde temor.

Sin embargo, ¡qué valor, que clase de jinete y cabalgadura! Con la mano izquierda Gilberto levantó por la rienda a la Muñeca, y la aventó al abismo. Con la derecha se apoyó en las ancas del animal.

Por las huellas que poco después examine con admiración y asombro, reduje que al impulso de su jinete, La Muñeca brinco a la laja, y obedeciendo a la retención y dirección que este le indicaba con la rienda, se sentó sobre sus patas traseras. Guardando el equilibrio, se fue deslizando sobre la roca materialmente patinando.

En los primeros metros el talón de las herraduras marco en la losa canalitos o estrías. Al gastarse los talones, comenzó a quedarse el hierro embarrado como jabón. Al final marcaban la patinada, restos de casco y sangre de esas heroicas patas…

Cuando Gilberto llego a terreno transitable siguió por una loma conocida como Cuchilla Rabona. Iba a más de un kilómetro de donde habían quedado los sitiadores, cuando estos los distinguieron y comenzaron a tirarle.

Por el alcance de las armas o el crecido número de tiradores –más bien, por el destino una bala entro por la espalda y partió el corazón de ese hombre extraordinariamente valiente que en el acto cayó muerto.

Minutos después los de Reyes Márquez rodeaban el cadáver del general Gilberto Villalones Rodríguez, recostado sobre el lado izquierdo. Su rostro dibujaba una sonrisa y su diestra empuñaba la pistola, sin un cartucho.

Sus acérrimos enemigos, los también valientes Juan Herrera, Teófilo García, Pepe Reyes y otros, admiraban a un gran enemigo muerto.

— ¡lastima, era un valiente! — comentó el capitán Juan Herrera.

Metros adelante, La Muñeca jadeaba bañada en sudor. Quizá esperaba se levantara su bravo jinete, o amorosa cuidaba su cadáver. Sin moverse, vio indiferente como se acercaban los asesinos de su amo. En el anca derecha tenia estampada con sangre la mano del general Gilberto. Codillos y ganchos raspados, las patas pisaban el hueso vivo por haberse acabado los cascos en el descenso de la peña.



Fuente: Escamilla José Pascual y Escamilla Guadalupe G.2003. “ Memoria de Acatlán”. Pag 62












1 comentario:

  1. La historia de México tiene pasajes bastante interesantes, habrá que adentrarse a esos recovecos que parecen olvidados, pero en sus regiones están más vigentes

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Saludos